hostilidad y abrazos
Pero la liviandad es pura apariencia, porque los grupos A, en realidad, son esos cajones de sastre a donde ha ido a parar todo lo que no cabe en la UEE, en la UAC o en el AA. En fin, que la diversidad es lo que mejor los define. Y, si bien la diversidad es diversa, todas las diversidades tienen algo en común, agotan. Y divierten, aunque en este punto, y, como diría don Quijote, otros dirán otra cosa.
Y en esta dicotomía estaba yo hoy, cuando he retirado a un rincón la planificación del día: los complementos verbales e, incitada por el recibimiento que me prodigan cada día: Betania me abraza y el resto me ignora, he decidido aprovechar la parte del tema que se llama “las convenciones sociales y los usos lingüísticos” y que he considerado que venía que ni pintado.
Les ha gustado bastante, sobre todo, porque como la clase es un continente (en concreto, Sudamérica), ha sido muy enriquecedor. Ahora resulta, que los alumnos para los cuales soy invisible cuando entro en el aula:
a) le piden “bendición” a su madre cada vez que la ven, (como en “Cristal”, que a los Gavilanes no he llegado)
b) tratan de usted a su abuela, a papá y a mamá
c) hacen las dos cosas anteriores y, además, les besan la mano (esta es Betania y ahora entiendo porque me abraza a mí, soy más joven que su abuela y besar la mano le debe de parecer poco)
Como se estaban portando bien, he estado a puntito de contarles una situación comunicativa verídica de mi fin de semana para analizarla en clase, pero como adulta emocionalmente inteligente, he sabido contenerme. Aquí, sin embargo, la adelanto:
Zaragoza, 25 de noviembre de 2005
Voy a ir al centro y voy a coger el autobús. Mi madre me dice, “toma, hija, llévate mi tarjeta, no es de ranura, la pasas por un sensor que hay en la puerta y ya está”
Subo al 33, imito el gesto del de delante, pongo la tarjeta delante del sensor, oigo "pi" y me siento.
Bueno, semipongo el culo en el asiento, porque todos los de mi alrededor me llaman la atención: “señora, el conductor la llama”.
Voy a ver que quiere y, mientras conduce, el amable autobusero, me pide la tarjeta y se inicia un diálogo en voz muy alta:
conductor: ¿Ha pasado la tarjeta?
Julieta: Sí que la he pasado.
conductor: ¿Y la ha pasado usted bien?
Julieta: (pecando de exceso de información, luego lo sabrá) Hombre, no sé, yo creo que sí, es que es la primera vez que la uso. Mi madre me la ha dado y me ha dicho que la pusiera delante del sensor y como he oído pi…”
conductor: ¿Y además de oír pi, ha mirado qué luz se encendía?
Julieta: ¿Luz?
conductor: Sí, luz, ¿No le ha explicado su madre eso de que la luz verde significa bien, y la luz roja significa, mal?
Julieta: (por dentro: capullo) (por fuera) ¿Me la da y la paso otra vez?
conductor: No señorita, tendrá que esperar a la próxima parada.
Ya en la parada, y después de introducirla en un lector de fraudes, me la devuelve, no sin antes darme de nuevo la charla “barrio sésamo” delante del nuevo público que va subiendo: “verde, sí; rojo, no” , “la última vez que la usaron bien fue hace una semana”.
No contento con eso, cuando, por fin, logro que se encienda el pitorro verde, me reconviene a gritos: “Ya le puede decir a su madre que ha pasao bien la tarjeta”.
¿Se puede recuperar la dignidad en una parada? Porque a todo esto, yo casi ya había llegado. No sólo se puede, sino que se debe. Mirando al frente, jamás a los lados, los juramentos e imprecaciones para adentro. Porque, además, si es verdad que mi cruz de Caravaca en el paladar me confiere algún poder, puedo asegurar, que al graciosillo del autobús que le espera un futuro de ridículos constantes por capullo.
Del poder de los camareros, ya han hablado otros y lo hemos sufrido todos en alguna ocasión. Del de los conductores de autobús, yo ya me había olvidado porque los frecuento poco. Pero, claro, pensé, ahora que la gente paga con dinero automático, cómo iban a aprovechar esas clases de bronca al viajero-sin-cambio que les daban con el carné. Pues ya está visto, se han reciclado. Ahora, que a mí no me vuelven a pillar hasta que no cambien la forma de pago.
Y, en cuanto al resto del fin de semana, bajas temperaturas, muy buena compañía y segunda plaza en Eurojunior con Antonio José por detrás de una engendra bielorrusa con coletas imposibles que gritaba de pena. Mi sobrino, decepcionado.
Temas para los últimos cinco minutos de mañana en 4ºA:
• Los nombres compuestos en castellano: pervivencia o decadencia
• Los concursos infantiles: ¿los padres no tienen vergüenza o no tienen sentido del ridículo?
Luego dirán que en la escuela no formamos.